Durante las dinastías chinas Han y Jin de los siglos III a.C. al VI d.C., el té se bebía de manera medicinal y comenzó a ser parte de la vida cotidiana en China. Su demanda aumentó y en el siglo IV se extendió su cultivo en la provincia de Sichuan. El comercio internacional de esta planta se empezó a registrar en el año 476 d.C. cuando mercaderes turcos la intercambiaban por otros bienes en la hoy llamada ruta de la seda. En esa misma época, monjes budistas integraron el té a sus prácticas religiosas porque ayudaba a mantenerlos despiertos en la meditación. El té se convirtió en una bebida social y su demanda aumentó.
Fue en la dinastía Tang (entre los años 618 y 907) que el impacto del té en la sociedad, la economía y la vida cotidiana se hizo más evidente. El té se convirtió en la primera forma de pago de impuestos en la China imperial. Sin embargo, la siembra de arroz coincidía con la cosecha de té y para poder pagar el tributo al emperador, los campesinos tuvieron que descuidar el arroz, generando hambruna. El té era tan relevante ya para la economía de lo que hoy conocemos como China que la ruta que iba del occidente chino al Tíbet y de Sichuán a Siberia, pasando por Mongolia, el Turquestán y Siberia fue llamada la ruta del té y de los caballos. Esta ruta se empleó del año 700 a 1960.
Con el paso de los años, el valor del té comenzó a ser aún mayor. Durante las dinastías Son y Yuan (960-1368), el té se asoció con la elegancia y sofisticación. En 1074 se intercambiaron 20,000 caballos por 7 millones de kilos de té. Era tal el valor de las hojas de Camellia sinensis que el ladrillo de té comprimido comenzó a usarse como moneda en el Tíbet. Fue en esas dinastías que el té pasó a ser una parte integral de las comidas y se le empezó a agregar leche.
Junto con el té, una serie de tradiciones sociales y culinarias comenzaron a desarrollarse. A su vez, un nuevo elemento fue tomando más valor: las teteras. El desarrollo de recipientes que redujeran el sabor amargo del té fue una revolución en china, dando lugar a las teteras de arcilla rojiza conocidas como Yixing en las dinastías Ming y Qing (1368-1911). El mayor interés en el té y las modificaciones que pudieran hacerse en cualquier paso relacionado con esta planta dio origen a nuevas maneras de producir tés negro y oolong.
Actualmente, China es el primer productor mundial de té con cerca de 2 millones de toneladas métricas anuales. Este gigante asiático produce 6 tipos diferentes (blanco, verde, amarillo, oolong, negro y Pu erh). El 15% del té chino es exportado y los principales compradores son Estados Unidos y Canadá. El consumo per cápita de té en China ronda los 1.2 kilos al año.
Pero China no es el único exponente del té de relevancia en Asia. En el año 794 de nuestra era llegó el té al archipiélago japonés de la mano de los monjes budistas japoneses Saicho y Kukai. Ellos probaron por primera vez el té durante sus estudios en China. Al volver a casa, llevaron unas hojas consigo y se las dieron a probar al emperador Saga. Con ello, él fue el primer dirigente nipón en probar el té y fomentó su consumo. Sin embargo, en el siglo IX, las relaciones sino japonesas fueron fuertemente afectadas y la compra de té chino cesó por completo.
Fue hasta el siglo XII que el té renació en Japón gracias a Eisai Myoan, el monje japonés fundador de la filosofía Zen. Él llevó semillas de té a Japón e introdujo el protocolo chino de presentación de té. A su vez, escribió el libro de té más antiguo de Japón: Kissa Yojoki. En el siglo XIII, los guerreros adoptaron el budismo Zen y reforzaron el consumo del té. Dicha infusión comenzó a ser una fuente de entretenimiento.