Los tatuajes han sido una parte fundamental del patrimonio cultural de distintas culturas, los cuales han permitido la autoexpresión de distintas civilizaciones y les ha otorgado una identidad colectiva a lo largo de su historia y del mundo. A lo largo de la historia los tatuajes han tenido diferentes grados de aceptación dentro de la sociedad, siendo el carácter negativo el más común, y a pesar de que la concepción de estos ha cambiado a partir de la década de 1980 sigue existiendo un estigma relacionado con ellos, sin embargo, la idea que se ha tenido con los tatuajes no siempre ha sido negativa.
La primera mención que se encuentra de los tatuajes en Japón se remonta al año 5000 a.C donde se relataba en un escrito que los hombres solían tatuarse la cara y decorar sus cuerpos con diseños, pero, para el año 720 d.C los tatuajes pasaron a ser utilizados como un castigo para clasificar las actividades delictivas, por lo que los tatuajes pasaron de ser vistos como obras de arte para ser considerados sinónimo de actividades delictivas. Sin embargo, durante el período Edo surgió el auge de los tatuajes irezumi, los cuales consistían en piezas de cuerpo completo que contenían diseños inspirados en el arte popular de bloques de madera o de ukiyoe, este tipo de tatuaje se realizaba a mano o con la técnica del tebori, el cual ayuda a demostrar que aquella persona que era tatuado era capaz de soportar el dolor que conllevaba completar el tatuaje de cuerpo completo (MacFarlane, 2019, 4).
Estas no eran las únicas tendencias que existían con los tatuajes, pues la población, pues los jóvenes, la geisha o las prostitutas solían tatuarse el nombre de algún ser querido o amante en un brazo, incluso la clase trabajadora optaba por realizarse diseños que les ayudarían a mantener su trabajo. Durante las épocas donde el gobierno era mayormente opresivo, los tatuajes funcionaron como una forma de rebelión en contra de las clases altas.
La relación de los tatuajes como distintivo de los yakuza inició cuando adoptaron los tatuajes irezumi como un distintivo de lealtad y compromiso con las pandillas, aunque algunos grupos étnicos como los Ainu o la población de Ryukyu realizaban tatuajes por motivos ceremoniales o religiosos. La situación y la percepción que se tenía hacia las personas tatuadas se agravó durante la restauración Meiji, ya que en este periodo pasó a considerarse como un acto bárbaro y fue declarado ilegal hasta finales de la Segunda Guerra Mundial (MacFarlane, 2019, 5).