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La Persecución del Intelecto bajo los Jemeres Rojos en Camboya
10 Jul 2026

Entre 1975 y 1979, Camboya fue víctima de uno de los experimentos sociales más devastadores de la historia de la humanidad. Tras años de inestabilidad causados por la Segunda Guerra Mundial, la descolonización francesa y la Guerra de Vietnam, las tropas del Partido Comunista Jemer de Kampuchea (PCJK), guerrilleros conocidos como los Jemeres Rojos encabezados por Pol Pot, tomaron el control del país. No obstante, este acontecimiento se transformó en una pesadilla distópica. En términos no tan figurativos Camboya se convirtió en el infierno en la tierra. A lo largo de este artículo daré cuenta de lo acontecido en la Kampuchea Democrática abordando la persecución del intelecto.

En aquella época, Camboya, al igual que sus vecinos (Laos y Vietnam), atravesaba un período convulso económico y social, derivado de los bombardeos masivos colaterales efectuados por los estadounidenses durante la Guerra del Vietnam. Estos tuvieron un efecto devastador en la población camboyana. Como los bombardeos se realizaban en el campo, lejos de las grandes ciudades, cientos de miles de campesinos emigraron a las mismas para refugiarse. Entre la hambruna y caos que devino a la sobrepoblación de las metrópolis, estas comenzaron a ser percibidas por las guerrillas comunistas como un nido de corrupción occidentalizado que vivía a costa del campesinado[1].

En 1975, con la retirada de las tropas estadounidenses de la antigua Indochina, las tropas de los Jemeres Rojos aprovecharon para tomar el mando de la capital del país, Phnom Penh. El 17 de abril la población civil recibió a las tropas del PCJK entre vítores e incertidumbre, bajo la esperanza del inicio de un periodo de paz. No obstante, la ilusión se rompió en apenas unas horas cuando, bajo la supuesta amenaza de un bombardeo norteamericano, se ordenó la evacuación total e inmediata de la ciudad. Cerca de dos millones de personas fueron arrojadas a las carreteras, sin agua ni suministros médicos, marchando hacia el interior rural del país, bajo la vigilancia de jóvenes soldados armados[2].

El dinero fue abolido, el Banco Central fue estallado con dinamita, el comercio y la propiedad privada dejaron de existir, las escuelas fueron absueltas. El objetivo del régimen era desmantelar la civilización urbana occidental, y modelarla a medida de las exigencias de esta nueva normativa comunista fanática[3]. En cuestión de días, el país entero fue obligado a transformarse en un inmenso campo de trabajo agrario, una utopía rural en papel, pero que en la práctica terminó con la muerte y exterminio de casi dos millones de personas y una intervención extranjera que duró varios años más a manos de Vietnam[4].

La invención del enemigo: el estigma del saber

Durante los primeros días del régimen, el PCJK se dispuso a clasificar a la población total del país en dos categorías que determinaron su trato y su lugar en la nueva era: la gente vieja (phnak bacha) y la gente nueva (phnak thmey). Los primeros, eran los campesinos de zonas rurales remotas, acostumbrados al trabajo agrícola y las exigencias climáticas de la siembra del arroz, eran considerados intelectualmente como la base de la revolución comunista; en teoría eran inmunes a las tentaciones del consumo capitalista, por lo que se les otorgaron derechos dentro de las comunas agrarias y asumieron roles de vigilancia hacia los demás ciudadanos. La ‘gente nueva’ en cambio, eran los habitantes de las ciudades: profesionistas, académicos, médicos, oficinistas; considerados como parásitos del capitalismo y remanentes del colonialismo occidental-europeo; estos debían ser sometidos a un régimen severo de trabajos forzados para poder ‘limpiar’ su mentalidad aburguesada o enferma.

Para quienes habitamos en las ciudades y nos formamos en espacios académicos contemporáneos, solemos dar por sentado el acceso a los libros, la libre discusión de ideas, y en especial en esta parte del mundo se presupone la especialización científica como algo aspiracional sobre lo que edificamos nuestra identidad, ya sea social o personal. No obstante, bajo el régimen de los Jemeres Rojos, poseer capital cultural significaba una sentencia de muerte. En las memorias de Rithy Panh, cineasta y documentalista ampliamente reconocido sobreviviente al régimen, se documenta ampliamente como las dinámicas cotidianas que denotaran los rasgos más mundanos de intelecto, eran considerados como símbolos de levantamiento y traición por los oficiales del PCJK. Las manos suaves y sin callosidades eran interpretadas como una señal de que el individuo no pertenecía a la clase trabajadora; el bilingüismo, particularmente a través del dominio del Francés o el Inglés era visto como signo de que la persona podía ser un espía de la CIA o de la KGB; el uso de anteojos como un síntoma irrefutable de la lectura constante; señales suficientes para que un ciudadano fuera ejecutado o conducido en su defecto a los campos de exterminio ubicados por todo el país[5].

El analfabetismo como política de estado

El rechazo hacia el saber no solo fue un capricho irracional de las tropas en el campo, sino la consecuencia de una ideología filosófica rígida, y de un pensamiento lógico bien meditado desde las altas cúpulas de PCJK. El pensamiento crítico es, por definición, el enemigo histórico de cualquier régimen autoritario, ya que rompe con la homogeneidad dogmática que la cúpula de poder en cuestión quiere implantar. El caso de los Jemeres Rojos no es ninguna excepción. En una entrevista que Rithy Panh realizó a Kaing Guek Eav, alias el camarada ‘Duch’, quien fue director del infame campo de exterminio conocido como el S-21, fue cuestionado sobre quienes encarnaban de manera más fiel la doctrina ideológica del movimiento. ‘Duch’ sin vacilaciones respondió que los analfabetos eran la vanguardia de la revolución. El analfabeto no contrasta los discursos gubernamentales, no detecta contradicciones entre los discursos políticos. Por eso, Pol Pot, cabeza y líder del PCJK reclutaba niños y jóvenes, pequeños e iletrados de los pueblos montañosos para convertirlos en armas del régimen[6]. Quien sabe leer, en cambio, posee las llaves de la memoria universal, puede contrastar a través de la palabra de otros autores, y cuestionar al régimen de turno; por lo mismo es una amenaza a cualquier sistema totalitario que exige la fe ciega en el partido.

El rechazo hacia la ciencia por parte de los Jemeres Rojos llevó a consecuencias materiales y humanas graves. Como hospitales fueron desvalijados, debido a que poseían tecnología ‘imperialista’ y las medicinas fueron sustituidas por remedios tradicionales, la malaria y la desnutrición se extendieron por el país. Aquellos profesionistas y estudiantes que se encontraban haciendo estudios en el extranjero que regresaron a participar en la reconstrucción nacional, fueron recluidos en centros de interrogatorio bajo sospecha de contaminación ideológica y ejecutados[7].

El S-21, y su memoria

Uno de estos centros de detención fue el llamado S-21 (Tuol Sleng), ubicado en Phnom Penh en lo que antes había sido una escuela secundaria. Las aulas que antes sirvieron como espacios de enseñanza, fueron tabicadas con ladrillos rústicos para hacer celdas individuales, o acondicionadas como cuartos de tortura. Pasaron por este centro más de 20,000 personas acusadas falsamente de espionaje, de las cuales salieron apenas menos de una decena, entre ellos el reconocido pintor Vann Nath, que plasmó sus memorias del S-21 a través de su obra. Las falsas confesiones que eran sacadas a los prisioneros servían como prueba de traición, ‘Duch’ firmaba con su puño y letra el traslado de cada uno de estos prisioneros a los campos de ejecución de Choeung Ek[8].

Estas personas, al ingresar al S-21, eran fotografiadas por Nhem En, fotógrafo de los Jemeres Rojos, mismo que hoy continúa inmerso en la política camboyana. No obstante, estos archivos visuales se han transformado en monumentos que fungen como memoria del genocidio. Dentro de este archivo destaca la historia de Houn Bophana, una mujer de origen urbano acusada de espionaje por el delito de sostener correspondencia poética romántica con su esposo. El régimen dictaba que todo sentimiento de lealtad o pasión debía pertenecer exclusivamente al partido. Fue condenada con 25 años y conducida a las celdas del S-21 para su posterior ejecución[9].

Fotografía 3: (Archivo Personal) Pared con el archivo fotográfico de Nhem

Conclusiones

El colapso del régimen de la Kampuchea Democrática, como se le conoció al PCJK, dejó tras de sí un trauma psicosocial traumático en la sociedad camboyana. El intento de extirpar al intelecto, y prohibir el pensamiento crítico demostró los alcances del fanatismo ideológico y político. La ciencia, la cultura y el arte son pilares fundamentales para cualquier civilización; pretender borrar todo para iniciar desde cero es imposible. Analizar estos acontecimientos puede significar un acto ético en contra del olvido. Cuando el conocimiento y la razón son clasificados como crímenes de estado, la barbarie se instala en el corazón de la sociedad.

Notas

[1] García, 2011, p 159.

[2] Panh, 2013, p 28.

[3] Gómez, 2023.

[4] Perez Gay, 2004 p 179.

[5] Panh, 2013, p 142.

[6] Panh, 2013, p 22.

[7] Panh, 2013, p 40.

[8] García, 2011, p 100.

[9] Sánchez-Biosca, 2021, p 258.

Bibliografía

García, G. (2011). Norodom Sihanouk y el hermano número zero: La tragedia de Kampuchea Democrática. Pequeño Dios Editores.

Gómez García, P. (2023). La irremisible mendacidad de la izquierda: Filosofía política tras un viaje por Camboya y Vietnam. Ensayos de Filosofía, 18(2).

Panh, R. (2013). The Elimination. Profile Books.

Pérez Gay, J. M. (2004) El príncipe y sus guerrilleros: La destrucción de Camboya. Ediciones Cal y Arena.

Sánchez-Biosca, V. (2021). La Muerte en los Ojos: Qué perpetran las imágenes de perpetrador. Alianza.