Entre 1975 y 1979, Camboya fue víctima de uno de los experimentos sociales más devastadores de la historia de la humanidad. Tras años de inestabilidad causados por la Segunda Guerra Mundial, la descolonización francesa y la Guerra de Vietnam, las tropas del Partido Comunista Jemer de Kampuchea (PCJK), guerrilleros conocidos como los Jemeres Rojos encabezados por Pol Pot, tomaron el control del país. No obstante, este acontecimiento se transformó en una pesadilla distópica. En términos no tan figurativos Camboya se convirtió en el infierno en la tierra. A lo largo de este artículo daré cuenta de lo acontecido en la Kampuchea Democrática abordando la persecución del intelecto.
En aquella época, Camboya, al igual que sus vecinos (Laos y Vietnam), atravesaba un período convulso económico y social, derivado de los bombardeos masivos colaterales efectuados por los estadounidenses durante la Guerra del Vietnam. Estos tuvieron un efecto devastador en la población camboyana. Como los bombardeos se realizaban en el campo, lejos de las grandes ciudades, cientos de miles de campesinos emigraron a las mismas para refugiarse. Entre la hambruna y caos que devino a la sobrepoblación de las metrópolis, estas comenzaron a ser percibidas por las guerrillas comunistas como un nido de corrupción occidentalizado que vivía a costa del campesinado[1].
En 1975, con la retirada de las tropas estadounidenses de la antigua Indochina, las tropas de los Jemeres Rojos aprovecharon para tomar el mando de la capital del país, Phnom Penh. El 17 de abril la población civil recibió a las tropas del PCJK entre vítores e incertidumbre, bajo la esperanza del inicio de un periodo de paz. No obstante, la ilusión se rompió en apenas unas horas cuando, bajo la supuesta amenaza de un bombardeo norteamericano, se ordenó la evacuación total e inmediata de la ciudad. Cerca de dos millones de personas fueron arrojadas a las carreteras, sin agua ni suministros médicos, marchando hacia el interior rural del país, bajo la vigilancia de jóvenes soldados armados[2].
El dinero fue abolido, el Banco Central fue estallado con dinamita, el comercio y la propiedad privada dejaron de existir, las escuelas fueron absueltas. El objetivo del régimen era desmantelar la civilización urbana occidental, y modelarla a medida de las exigencias de esta nueva normativa comunista fanática[3]. En cuestión de días, el país entero fue obligado a transformarse en un inmenso campo de trabajo agrario, una utopía rural en papel, pero que en la práctica terminó con la muerte y exterminio de casi dos millones de personas y una intervención extranjera que duró varios años más a manos de Vietnam[4].