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La búsqueda por una tierra imaginada y la llegada a Australia
26 nov 2025

Los cartógrafos llenaron los vacíos de conocimiento a través de cálculos, así como de la imaginación [... abordaron las certezas y las incertidumbres, distinguiendo entre probabilidades e improbabilidades, lo atestiguado y lo no atestiguado.] — Alfred Hiatt

El Renacimiento europeo, entre los siglos XV y XVI, presenció una carrera por el “descubrimiento” y el dominio de nuevas rutas comerciales, territorios y riquezas. Tras la llegada de los españoles al continente americano en 1492 se continuó con la búsqueda de rutas hacia el continente asiático, por lo que las expediciones hacia el Mar del Sur (Océano Pacífico) tomaron mayor vigor al ya contar con tierras que sirvieran para establecer comunicaciones, astilleros, etc. Sin embargo, los reyes, navegantes, cosmógrafos y estudiosos europeos aún estaban consolidando sus conocimientos sobre el mundo, la navegación de los mares y las tierras nuevas.

Fue hasta el siglo XVI que el viaje de Magallanes estimuló la recuperación de hipótesis que llevaban siglos gestándose en los imaginarios europeos. Con el hito de encontrar el Estrecho de Magallanes y la apertura a su navegación interoceánica, se comprendió que había masas continentales distintas más allá de la nueva América conocida, reavivando el mito de la Terra Australis Incognita. Dicha concepción nació desde la antigüedad clásica occidental, con los postulados de Platón, Aristóteles, entre otros, y su alcance llegó hasta la modernidad y sus expediciones.

La idea evolucionó desde las Antípodas en los estudios clásicos de la materia física, la astronomía y la ecúmene (tierra habitada y conocida), hasta la Terra Australis Incognita (Tierra austral desconocida) o terra nondum cognita (tierra aún sin conocer), permitiendo que la imaginación coexistiera con la ciencia en la expansión ultramarina europea, sirviendo una dinámica de complementación mutua.

La lógica detrás

Desde la antigüedad clásica se teorizó sobre unas tierras lejanas, opuestas a las conocidas y habitadas. En su discurso de Timeo, Platón discutió desde el siglo IV a.n.E. la semejanza entre las distintas partes del mundo-universo; de esta manera, explicó el equilibrio dentro del universo de la tierra que él consideró esférico, y, por ende, la existencia de las regiones antípodas. Éstas se consideran a partir de la condición por la que, al ser esférica la tierra, los extremos son equidistantes al centro, “por lo que por naturaleza deben ser extremos de manera semejante”.[1] Es decir, lo que se encontrara en un hemisferio de la esfera, debía encontrarse de forma opuesta en el otro.

Aristóteles, retomándolo, escribió su Metereología o Meterologica y planteó el equilibrio terrestre en el mundo, por lo que en el hemisferio sur debería existir una masa continental equivalente a la del hemisferio norte, con un mismo firmamento y los mismos vientos análogos.

Por su lado, el cosmógrafo Crates de Malos presentó el primer globo terráqueo entre 170 y 160 a.n.E. En éste presentó la ecúmene (Europa-Asia-África) y la balanceó con tierras hipotéticas al norte, al sur del ecuador y en el lado opuesto del hemisferio: las Antípodas. Siendo el equilibrio en el universo fundamental para el pensamiento clásico, a partir de estas hipótesis logró equilibrar el mundo en cuatro cuadrantes, cada uno con una masa continental que balanceaba la totalidad del mundo.

Por otro lado, Ptolomeo publicó su Geographia en el siglo segundo d.n.E., donde presentó un sistema de representación cartográfica con meridianos y paralelos por primera vez. Su mapamundi se perdió, pero fue reconstruido a partir de las indicaciones que dejó escritas. En éste, se aprecia que el continente africano se extiende hasta y conecta de forma terrestre con el hemisferio oriental en la parte austral (al sur), con la Terra Incognita. Ptolomeo consideró existente “una vasta masa de tierra continental [extendiéndose] a través del sur del Océano Índico desde África hasta el extremo más lejano de Asia”. [2]

Por último en esta breve revisión, Macrobio postuló en sus Commentarii in Somnium Scipionis, del siglo V d.n.E., sus reflexiones astronómicas incluyendo que el mundo se dividía entre hemisferios y dentro de estos existían las divisiones por zonas climáticas. El autor confirmó la esfericidad de la tierra y, por tanto, su balance necesario; además, dividió la esfera terrestre en el hemisferio norte, el conocido y habitado, y el sur, más allá de la zona ecuatoriana que consideraba inhabitable por su calor extremo. En el hemisferio sur existirían las Antípodas y sus habitantes —los antípodos— con extremidades opuestas a las conocidas.

Johannes Schnitzer, representación del Ecumene de Ptolomeo, 1482, Wikiwand, en línea

La imaginación adelante

Las obras presentadas anteriormente, sentaron las bases para que, a partir de sus publicaciones en el siglo XVI —en un contexto renacentista—, se retomara la idea de las Antípodas, adecuándolas a la Terra Australis Incognita, la tierra austral desconocida. Con el auge de la cosmografía renacentista dentro de la carrera de expansión ultramarina, los autores y cosmógrafos imaginaron las tierras desconocidas, así la autora Carolina Martínez sostiene que “fue la falta de experiencia en aquel territorio la que, paradójicamente, permitió imaginarlo en términos geográficos e ilustrarlo en producciones cartográficas impresas y manuscritas”.[3]

Desde los puertos europeos y americanos iniciaron las expediciones hacia el sur y la región Indo-Pacífico. Durante el siglo XVI, los mapas hispanos sólo representaron los lugares de los que se tuviera certeza por su utilidad administrativa y control de los dominios de la corona; en cambio, los mapas producidos en Países Bajos, Bélgica y Francia incluyeron la masa continental imaginaria dentro de sus cuadrículas. En la década de 1530, tenemos los ejemplos franceses de Oronce Fine, sus Nova, et integra universi Orbis descriptio y Mapamundi, de 1531 y 1536 respectivamente; anterior a éste, en 1519 se publicó el Mappa Mundi de Lopo Homem en Francia, en el que la masa continental se une con Asia y América, en lugar de África.

A partir de 1519, con el descubrimiento del Estrecho de Magallanes, se adaptó el mito a la Tierra de Fuego en la actual Argentina. Al cruzar el estrecho, Magallanes reportó tierra al sur, generando la confusión entre los cartógrafos europeos de que esa sería el extremo norte de la Terra Australis Incognita, en lugar de un archipiélago americano. Por lo mismo, en algunos mapas se empezó a nombrar el lugar mítico como Tierra Magellanica. A partir de este hito, la Terra Australis Incognita se empezó a representar más al sur de América, separados a partir del estrecho. Esto se puede apreciar en el mapamundi Nova et Aucta Orbis Terrae Descriptio ad Usum Navigantium Emendate Accommodata de Gerardus Mercator, publicado en 1569 —en el que se postuló por primera vez la “proyección de Mercator”—, ocupando el hemisferio sur con una masa continental gigante vecina de América del Sur. Otros ejemplos son el Theatrum Orbis Terrarum del flamenco Abraham Ortelius, publicado en 1570; el Planisferio del hijo de Mercator, Rumold Mercator, de 1587; Les Trois Mondes de La Popelinière publicado en París en 1582; y, hacia finales de siglo, el compendio de mapas de Guillaume Le Testu, La Cosmographie, en el que presenta los habitantes míticos del continente imaginado.

La confusión Tierra del Fuego-Terra Australis Incognita se aclaró hasta 1616, con la expedición de Jacob Le Maire y Willem Schouten en la que se descubrió el Estrecho de Le Maire y la circunnavegación del Cabo de Hornos, separando así los dos lugares en el imaginario y en las representaciones. Posteriormente a lo largo del siglo XVII, las expediciones europeas continuaron descubriendo y delimitando los territorios desconocidos, disminuyendo cada vez más la extensión del continente desconocido.

Lopo Homem, Mappa Mundi, en Atlas nautique du Monde, dit atlas Miller, 1519, cortesía Bibliothèque nationale de France, en línea

La llegada a Australia

El siglo XVI vivió la llegada de los españoles y portugueses a Oceanía con el descubrimiento de las Islas Carolinas (Micronesia) en 1525; Nueva Guinea (Melanesia), 1526; con la visita de Ruy López de Villalobos que dio nombre a las islas Filipinas en 1543 y con el establecimiento de la ruta del Galeón de Manila en 1565 por Miguel López de Legazpi —con Guam (Micronesia) como escala—; las Islas Salomón (Melanesia) y las Ellice (Tuvalu, Polinesia), en 1568; y las Islas Marquesas y las Islas Santa Cruz (Polinesia y Melanesia), en 1595. La obra de Ptolomeo aún mantenía una gran influencia en las concepciones y representaciones cartográficas europeas durante el siglo, influenciando el deseo por encontrar la gran tierra austral por todas las potencias navales de la época. El geógrafo Petrus Plancius fue quien marcó la escuela para los sucesivos mapas neerlandeses en torno a las expediciones de la región Indo-Pacífico

Sin embargo, fue hasta el siglo XVII que las expediciones neerlandesas avistaron por primera vez la costa de Australia. Este descubrimiento fue logrado por Willem Janszoon quien desembarcó y cartografió la península del Cabo York, creyéndola una extensión de Nueva Guinea, en 1606. Mismo año en que Luis Váez de Torres, navegante de la corona española, navegó desde Perú en busca de la mítica Terra Australis Incognita y cruzó a través del estrecho entre Australia y Nueva Guinea (Estrecho de Torres) sentando la confusión entre los navegantes hispanos, guardando el secreto del descubrimiento del resto de expediciones extranjeras. Una década después, Dirk Hartog adentró la expedición neerlandesa en la costa occidental de Australia (Nueva Holanda) y al no encontrar nada de interés embarcó hacia el norte. Hacia 1627, Frans Thijszoon recorrió la costa sur de Australia, y en la década de 1640 Abel Tasman descubrió la isla de Tasmania, Nueva Zelanda y las islas Fiyi y Tonga (Polinesia). Fue hasta el siglo XVIII que el navegante británico James Cook tomó posesión de las tierras australianas.

Durante estos tres siglos de descubrimientos en el continente oceánico se mantuvo la incógnita de si estas tierras eran la mítica Terra Australis Incognita. Aunque en un inicio se mantuvo el nombre de Nueva Holanda, fue en el siglo XIX que se promovió el nombre de Australia para esta tierra encontrada entre mitos. El navegante británico Matthew Flinders, tras su circunnavegación del continente y un tiempo en prisión, formalizó el nombre “Australia” en su libro A Voyage to Terra Australis, de 1814.

De esta manera, se puede apreciar que siglos de historia y navegaciones entre mitos y realidades se consolidaron en el nombramiento de una masa continental encontrada en el hemisferio sur del mundo conocido, siendo una respuesta a la larga evolución de los imaginarios y las fantasías, mismas que nutrieron y motivaron muchas expediciones e hipótesis de la consolidación del mundo. Finalmente, el mito se mudó hacia el polo sur, siendo la Antártica el nuevo recipiente de la Terra Australis Incognita, sin embargo, el descubrimiento y nombramiento de Australia es un reflejo de una larga tradición e imaginación.

Notas

[1] Platón, Timeo, p. 220, 62b.

[2] John Parry, El descubrimiento del mar, p. 91, apud Carolina Martínez, “Cartografías de implicación…”, p. 44.

Referencias

Aristóteles, Acerca del cielo. Meteorológicos, Trad., Intro. y Notas Miguel Candel, Madrid, Editorial Gredos, 1996, (Biblioteca Clásica Gredos, 229). En línea.

Ericson, Jess, “Antarctic Cartography: The Mapping of Terra Australis Incognita, 1531 – 2007”, Texto de Disertación, Universidad de Canterbury, 2008. En línea.

Espinosa, Guillermo G., “El mapa de Ptolomeo”, en Filos Históricos, 12 de julio de 2017. En línea.

Martínez, Carolina, “Cartografías de Implicación e Imaginación Geográfica En La Creación de Pars Quinta. La Tierra Austral de Guillaume Le Testu (S. XVI).”, en Cuadernos de Historia Cultural, n. 9, 2020, pp. 33-57.

Platón, Diálogos. Filebo, Timeo, Critias, Trad., Intro. y Notas Ma. Ángeles Durán y Francisco Lisi , Madrid, Editorial Gredos, 1996, T. 6, (Biblioteca Clásica Gredos, 160). En línea.

Schilder, Günter, Australia unveiled : the share of the Dutch navigators in the discovery of Australia, Trad. Olaf Richter, Ámsterdam, Theatrum Orbis Terrarum LTD, 1976. En línea.